Historia del Señor de los Milagros
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La Procesión del Señor de los Milagros


     El cielo de Lima tórnase de color morado, entre el carmín y el azul, todos los octubres de nuestras vidas. La procesión del Señor de los Milagros, el Cristo de Pachacamilla, el Cristo Moreno o cuanta denominación ostente, es considerada una de las más multitudinarias de todo el orbe, tanto por el inmenso mar humano que alberga como por la sublimidad y grandiosidad espiritual que trae consigo esta mística expresión de fe católica del pueblo limeño. 
     En una Lima en donde conviven y luchan por sobrevivir en circunstancias adversas cholos, negros, blancos, chinos y demás razas que la conforman, octubre es el momento cumbre que los une a todos bajo el eslabón de una sola creencia, una sola fe, una sola y anhelada esperanza en el milagro que algún día recaerá en ellos.
     Atrás queda el agotador y, a veces, sofocante apretujamiento de la fervorosa multitud por acercarse a la imagen para poder tocarla y besarla. Dicen que la fe mueve montañas y hasta las voluntades más reprimidas se vuelven inquebrantables gracias al destello de luz que despabila sobre la gente, el andar cansino pero señorial y ubérrimo de la imagen del Señor de los Milagros. 
     Pero, ¿cómo empezó a forjarse toda esta mágica religiosidad en el espíritu limeño?, ¿qué tuvo que pasar para que germinara en los corazones la solidariedad cristiana y la unción religiosa en torno a la imagen del Cristo de Pachacamilla?
     A mediados del siglo XVII, Lima, una ciudad que hoy alberga más de 7 millones de habitantes, cobijaba apenas unas 35.000 personas, cantidad que se iría incrementando progresivamente por el arribo de miles de personas empujadas por las noticias de una prosperidad fácil de alcanzar en la capital. 
     La mayor parte de estos inmigrantes provenían de la costa atlántica del Africa Occidental, en ese entonces ocupada por colonizadores portugueses. Estos grupos se dividían en castas como la de los Congos, Mantengas, Bozales, Cambundas, Misangas, Mozambiques, Terranovas, Carabelíes, Lúcumos, Minas y Angolas. 
     Estos últimos estaban reunidos en cofradías que adoraban distintas imágenes o santos de su devoción. Esos actos religiosos les recordaban su libertad y cantaban nostálgicamente en su lengua original canciones de sus antepasados. También se ocupaban de la atención a los enfermos y aseguraban a sus miembros un entierro decente mediante pequeñas cuotas de los cófrades.
     Por el año de 1650, los negros angolas se agremiaron y constituyeron la cofradía en la zona de Pachacamilla, en Magdalena, lugar que anteriormente había sido habitado por indios venidos de la zona de Pachacamác, y donde actualmente se ubican la iglesia y el monasterio de las Nazarenas y el local de la Hermandad del Señor de los Milagros. Las condiciones en las que vivían eran de una pobreza absoluta.
     En la sede de la cofradía se levantaban grandes paredes de adobe; en una de éstas, ubicada en un ambiente donde se reunían los negros a diario, uno de los angola plasmó la imagen de Cristo en la cruz. La imagen fue hecha con un profundo sentimiento de fe y devoción a la altísima representación del Redentor. 
     Hay que reconocer los obstáculos vencidos por el esclavo angoleño, pues la pared era tosca y de acabado imperfecto, la pintura fue pintada al temple y no al óleo, el pintor no tenía estudios completos de dibujo y pintura y la pared que le sirvió como lienzo era una pared cercana a una acequia que afectaba considerablemente sus cimientos, sin embargo su obra ha perdurado con sorprendente irradiación por todo el Perú, por América y por el mundo.
     Según cuentan el esclavo moreno se llamaba Benito y se dedicaba a atender a las víctimas de una epidemia de la fiebre amarilla, y a enterrar a los muertos. Sin embargo sobrevivió a la epidemia. Una vez libertado por su amo, Benito se puso a pintar la imagen y, mientras pintaba, tubo visiones y escuchava música celestial. Al terminar la pintura, Benito murió. Su cadáver fue hallado intacto y sin haber descompuesto.
 
 
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